diumenge, 21 de gener del 2024
La PRL with the Pink Panther in "Prefabricated Pink"
diumenge, 26 de desembre del 2021
Relato corto: 'Los Nariz Pegada'
Todos iban corriendo de un lado a otro y me acordé del cuento ‘Alicia, en el país de las maravillas’. Miré a mi derecha y a mi izquierda sin vacilar, pero no vi ni gato, ni conejo alguno, ni menos reina alguna que me hablase gritando como una loca ¡Que extraño! Pensé.
En la esquina de esa misma calle, vi una hilera de personas inexpresivas que guardaban distancia exacta para adentrarse a un gran estadio y sus ojos delataban gran preocupación ¿Qué estará pasando? Me pregunté.
Sobrepasé caminando el estadio. Pensé que lo mejor era preguntar a algún policía, si es que coincidía, y de dicha forma saciar fehacientemente mis repentinas dudas, pero no pillé a ninguno por la calle.
Apresuré mi paso, y de repente me di cuenta de que no me acordaba a dónde iba. Ir debía ir a algún sitio, tal vez a mi casa ¿Mi casa? Y un gran hueco se abrió en mi estómago. Inspiré y con el poco aire que me entró en los pulmones proseguí mi camino a un destino de no saber a dónde.
Era agosto y mucha gente de la que conmigo se cruzaba llevaban media cara tapada con una mascarilla ¡Qué raro!
Me acordé de Pedro. Le dije un día que le iba a poner bozal como a los perros para que callase, y se enfadó. Otro día le dije que era un ‘animal’ y se enfadó más. Lo que estaba observando era todo un poco muy raro. Veía personas con bozales paseando a sus perros, que a pierna suelta, mostraban sus dientes sin obstáculo alguno. Me parecía estar en ‘El mundo al revés’.
Los que llevaban mascarilla, sudaban lo que no estaba escrito y nadie de los que la llevaban se la quitaba. Otros sin embargo, con cara de orgullo, iban caminando tranquilamente sin ella.
De repente se cruzó conmigo un transeúnte con nariz de Pinocho y mascarilla acoplada. Me hizo pensar que no era de fiar. Me di la vuelta para verle mejor y entonces me percaté de su rabo y grandes orejas ¡Al menos las gomas de la mascarilla no le saltarían fácilmente! No pude controlarme. Sonreí.
Los que no llevaban mascarilla inspiraban y expiraban profundamente de manera acompasada. Sus rostros eran distintos. Tenían nariz despejada, ojos enérgicos y semblante de gran satisfacción.
Sentí malestar, y provocando gran abertura en mis dos orificios nasales, intenté inhalar todo el aire que me rodeaba ¡Qué raro! Y sentí ahogo.
Y caminando, caminando, pasé por un bar. Las mesas estaban muy separadas, y por mesa, pocos eran los comensales que recogía. Sin duda, dichos negocios no podrían hacer el agosto con tales clientes, nunca mejor dicho, me dije a mis adentros.
Hasta ese momento no me había dado cuenta, pero nadie fumaba. Ni en los coches, ni en las calles ni en las terrazas de los bares y restaurantes, ni dentro de los mismos, y en dicho momento agradecí la gran fuerza de voluntad que tuve para dejármelo. Mejor. Lo que no es bueno hay que abandonarlo pronto. Tampoco estaba comiendo chicle. Con lo que siempre me ha gustado masticarlo. Me toqué la boca, ¡Y voilà!, en ese instante descubrí que, sin duda, yo también estaba llevando bozal, quiero decir, yo también estaba llevando mascarilla.
Volví a tocar la mascarilla y me pareció de tela. Y de repente tuvo un deseo desbordado de ver mi rostro.
Me vino a la cabeza el móvil.
-¡Igual si me hago un selfi!
Rebusqué en mis bolsillos en busca del móvil o de mi cartera. Esperaba encontrar información sobre mí ¿Quién era yo? ¿A dónde debía ir?
¡Los míos! Pensé con nostalgia ¿Llevarían mascarilla? ¿De tela? Y me dio mucha angustia. Igual tendrían rabo, orejas de burro y larga nariz, y el verlos me produciría gran vergüenza ajena. Inspiré como pude y proseguí. Mejor será no detenerse en nada, decidí.
Y caminando, caminando, pasé por supermercados, farmacias, estancos, panaderías y un sinfín de comercios más. Los clientes hacían fila fuera. Todos con distancia de seguridad y mascarilla. Y los que no la llevaban, entraban directamente sin pedir turno. ¡Qué raro parecía todo! Era como si un nuevo criterio de división de clases existiera, y ello me hizo más que pensar.
Estaba anocheciendo. Debía descansar y coger fuerzas para seguir buscando a los míos el día siguiente. Así que saqué del bolsillo de mi pantalón mi móvil, mi cartera y me senté en un rebanco del parque en el que me hallaba. Necesitaba explorar con detenimiento la información que allí constaba, y poder saber quién era yo. Sí, yo, y el hueco adormecido de mi estómago nuevamente se despertó.
Observé la foto sin mascarilla de mi DNI, un pasaporte adicional que ponía que el 31 de agosto tendría inmunidad y un billete de 50 euros ¿Inmunidad? ¿Inmunidad contra qué? Cogí mi móvil y busqué la dirección de mi casa. La leí y me levanté. Pero inmediatamente me senté. Me hice el selfi y me mire ¡Caramba! Me creía más joven.
Estaba desaliñado. Me repeiné con la mano el pelo y me bajé unos segundos la mascarilla. Estaba nervioso. Tenía la boca y garganta seca. No podía ni tragar. Me hice nuevo selfi, y abriendo la boca, inspiré nueva bocanada de aire mientras miraba el selfi de mi móvil, y justificadamente la boca sin poder cerrarse se desencajó.
- ¡Madre del amor hermoso!
Exclamé en voz alta. Tenía la nariz pegada. Los orificios de la misma estaban casi sellados ¡Malditas mascarillas! Seguro que ella es la causante de tanto mal. Seguro que hace mucho tiempo que la llevo. ¿Y los demás? ¿Estará toda la gente igual? No, toda no, porque los que iban sin ella no tenían la nariz pegada, que bien contentos iban sin ella.
Mi casa estaba a 10 minutos así que me levanté para disponerme a averiguar, esa misma noche, quién era mi familia.
Aún no había dado dos pasos, cuando vi una discusión entre los viajeros de un bus de la ciudad que estaba parado en el arcén. Parecía que estaban discutiendo para que los jóvenes se pusieran, de una vez por todas, las mascarillas, en caso contrario, parecía ser que los echaban del bus. Prueba de ello eran los dos jóvenes que estaban fuera del autobús profiriendo incesantes y claros insultos, al tener sus mascarillas bajadas cubriendo sus barbillas.
Seguí apresurando mi paso, cuando choque con un grupo de chiquillos que huían corriendo intentando no ser alcanzados por dos, ¿astronautas?, sí, astronautas diría yo, que encarecidamente y como si se les fuera la vida en ello, perseguían acaloradamente a los chiquillos.
-¡Poneros las mascarillas!
Repetidamente les pedían los astronautas.
Lo que estaba pasando debía ser serio.
Me paré un instante para observar a mi alrededor, y me percaté de que todo se movía con rapidez. Niños corriendo entrando juntos a las casas, como quién hace un delito, como quién no quiere ser visto. Ciclistas pedaleando sin parar en ambas direcciones, algún que otro coche circulando con pasajeros mascarillados, y como media docena de corredores ataviados con pasamontañas, que aprovechando el final del día, intentaban equilibrar su cuerpo, y alma, diría yo ¿O eran ladrones? También podía ser, y de repente mi vista focalizó gente inmóvil. ¡Qué raro! Volví a mirar, y con más detenimiento pude explorar una larga fila de gente de nariz pegada recogiendo comida de una furgoneta. Los mozos que la repartían, en cada entrega ponían sello a un cartón que cada uno que pedía portaba en su mano.
Torcí la esquina y la imagen de la plaza que se me ofreció era más que dantesca. Aquello parecía el resultado violento, aunque no sangriento, de una batalla campal. Parecían las ruinas de un atentado certero contra la humanidad, ya que de manera desordenada y sin respetar medida alguna de distancia social, la gente se aglomeraba sentada en el suelo dibujando intermitentes grupos.
Bordeé la plaza. Unos grupos lloraban. Otros mal respiraban. Muchos realizaban RCP a los demás, y en la puerta del Hospital se atrincheraba en horizontal un fila de astronautas que hacían triage a primera vista para poder asistir a los que lo necesitaban, sin que aquellos grupos transformaran el acceso del edificio en una indeseable cuello de botella.
Algo pisé.
Miré al suelo, vi que la calzada estaba toda adornada de insalubres mascarillas y corrí como pude aguantando el aire por no inspirar en aquel lugar más de lo necesario.
Correr tan deprisa parece ser que me desorientó. Atravesé varias calles. Un estadio de fútbol. Una plaza de toros. Y algún que otro teatro, discoteca y pub. Los carteles que leía sin parar los tenia inmortalizados en mi retina ‘Cerrado hasta nueva orden’ ¿Nueva orden de quién? ¿De los astronautas? ¿o serían ovnis? Y entonces me percaté de que no había visto ningún miembro que perteneciera a ‘Los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado’.
- ¡Eh, tú! Sí, tú.
- ¿Yo?
- Ven aquí.
Y al acercarme, sentí un gran golpe en mi cabeza y perdí el conocimiento.
Desperté a la mañana siguiente. Estaba tumbado en el suelo y rodeado de cuatro personas mascarilladas que con ojos avispados me miraban fijamente.
- ¿Jorge? Te llamas así ¿Verdad? Aún no tienes la inmunidad ¿Lo sabes? Te falta poco. Si sales solo por ahí, corres mucho peligro. Tienes riesgo de que te roben la mascarilla y que inmerecidamente seas carne de cañón para todos. O que te roben los papeles y que debas volver a la casilla de inicio, solicitar nuevamente turno y ponerte el último en la lista de espera.
- ¡Silencio todo el mundo!
Y pusieron en la radio, las ‘malas’ noticias que diariamente eran dadas. Se hablaba de rebrotes, contagios, muertes, confinamientos, estado de alarma, ingresados en uci, colapso sanitario, desescalada, pandemia, vacunómetro, crisis sanitaria, curvas, olas, repuntes indeseados, pcr, vacuna, inmunidad, virus, restricciones de movilidad, desempleo, pobreza, transmisión por aerosoles y, entre otros muchos vocablos más, nueva normalidad. Y nadie cuchicheaba nada. El silencio era infernal, las caras de una seriedad dantesca, y sin poderme controlar, empalidecí y nuevamente perdí la consciencia.
***
Sonó el despertador y me levanté. Caminé asustado, como temeroso de algo que no sabía qué era.
Me fui al baño y lo primer que hice fue observar detenidamente mi rostro.
Me vi joven y en plena forma.
Tenía la sensación de que algo me había pasado la noche anterior. Que iba a pasarnos algo terrible en nada, y los recuerdos de lo soñado me produjeron como un vacío ahora redoblado en el estómago y corazón.
Me puse la ropa de deporte y salí a correr.
Eran las siete de la maña y la ciudad lentamente empezaba a despertar.
Se veían ciclistas haciendo deporte y distintos corredores que, al igual que yo, iniciaban enérgicamente su día.
Los autobuses de la ciudad circulaban por sus trayectos con total normalidad. Los pasajeros disfrutaban de sus viajes leyendo o escuchando música o radio con sus auriculares.
Nadie gritaba, ni nadie era perseguido por nadie.
No había ningún cartel anunciando cierre de ningún establecimiento, y el día se anunciaba espléndido.
Me quedé atónito cuando llegue a la plaza. Ni rastro de aquella explanada de grupos convalecientes en busca de los primeros auxilios sanitarios. Y un par de policías pasaron por mi lado realizando su labor matutina de control.
¡Era un día perfecto!
Volví a casa y me duché. Almorcé copiosamente unas tostadas con tomate y aceite y un café con leche y me vestí para ir a la Universidad.
Todo estaba como siempre. Grupos de jóvenes saludándose efusivamente con abrazos, besos y choques de manos. Parejas cogidas de la mano y algunas de ellas dándose efusivas muestras de afecto con besos e inocentes caricias.
En la Universidad los corredores estaban llenos de gente como siempre.
Se oían conversaciones alegres que se sobreponían a risas desinhibidas, y aunque eso era lo habitual en minutos anteriores a comenzar las clases, aquello me produjo una inusual inquietud.
Sabíamos ya de la existencia de un desconocido virus, pero todos queríamos mirar hacia otro lado.
Los medios de comunicación nos habían estado informando desde hacía ya un tiempo, pero no queríamos aceptar el riesgo que nos acechaba.
El virus es invisible y está no se sabe dónde. Lejos. Seguro que está muy lejos y es muy poco probable que venga a nuestro encuentro.
Eran días de confusión. De incertidumbre.
Empezó la clase de Microbiología. Nuestro profe vino ataviado con bata blanca, guantes, una mascarilla quirúrgica y un micrófono distinto al de todos los días. Se había traído un micrófono diadema con una mini batería recargable que llevaba como un sobre cinturón de sus pantalanes.
Parecía un científico loco con sus rizos desaliñados. Loco y torpe, pues la mascarilla le nubló uno de los ángulos de visión y con el pie izquierdo se pisó los cordones desatados de su zapato derecho y casi se rompe los morros contra su mesa.
Nosotros no nos reímos. Yo no sé qué estarían pensando mis compañeros, pero en mi caso, tenía unas ganas inmensas por escuchar cómo iba a comenzar la clase.
La empezó un poco distinta. Su voz graciosa y altanera, al utilizar el micrófono, se había convertido en más grave y carrasposa.
Nos dijo que igual era la última vez que nos íbamos a ver en mucho tiempo. Que un temible enemigo nos acechaba. Y nos dijo que nos pusiéramos la mascarilla que a cada uno nos había dejado encima de nuestro pupitre.
Nos miramos con recelo, pero así lo hicimos. Muchos esperaron a que se avanzaran sus compañeros y copiaron el protocolo de ajuste de las mismas.
Nos dio instrucciones de cómo íbamos a trabajar online para en el caso de que no regresáramos a las clases presenciales en todo lo que quedaba de curso. Que debíamos ser fuertes, constantes y disciplinados y seguir trabajando pese a todo pronóstico en contra.
Haríamos videoconferencias. Sin duda, muchas de las empresas también tele trabajarían. Mejor tele trabajar que cerrar puertas. Nos explicó que íbamos a vivir una crisis sanitaria que traería consigo una crisis económica sin precedentes, todo ello derivado de una pandemia vírica contra la cual deberíamos luchar.
La puerta del aula y todas sus ventanas estaban abiertas. Había fluida corriente de aire en todo el habitáculo. Aun así, nuestro profesor no se acercó a nosotros en toda la sesión lectiva. Nadie lo volvió a ver más. Dijeron que se puso enfermito. Que se contagió.
Al salir de la Universidad todo eran cuchicheos por doquier. En torno a este tema los había incrédulos y precavidos. Yo me encuadraba en este último grupo, pero intentaba distraer constantemente mi mente por no obsesionarme.
Quedé con mis amigos para salir, pero antes fui a comprar y a visitar a mi familia.
Me acerqué por casa de mis abuelos y me despedí de ellos con un fuerte abrazo y muchos besos. Como siempre hacíamos, pero esta vez con más efusividad. Y lo hicimos en silencio. Dialogando con nuestras miradas de corazón y con las ganas de que todo lo que estaba por venir fuera un mal sueño.
Nos íbamos a enfrentar a lo desconocido. Y al igual que antaño hacíamos en las ‘olas de frío’, me aprovisioné de comida y demás enseres a fin de estar abastecido con todo lo que pudiere necesitar. Y por si pasaba algo, compré con desmesura; jabón, gel hidroalcohólico, guantes desechables, lejía, harina, levadura y más papel higiénico que de costumbre.
Por la tarde salí con los amigos. Nos fuimos a tomar unas copas y a bailar a la discoteca. Tenía el corazón encogido. Observaba todo cuanto me rodeaba con gran atención, intentando memorizar todos los detalles ¡Era muy previsible que la escena no se pudiera repetir en mucho tiempo!
Aproveché todo instante posible, como lo haría aquel que sabe que no va a tener ningún mañana más.
Nadie sacó el tema del maldito bicho.
Estuvimos hasta las tantas de juerga. Todo eran risas. No queríamos pensar. Como si el mundo se fuera a terminar, aprovechamos hasta el último segundo de diversión.
A la madrugada cerramos el bar. Como buenos clientes. Como solíamos hacer. Estuvimos comentando cuáles eran nuestros planes de futuro. Cómo y dónde nos gustaría vernos de mayores ¡Qué raro todo! Fue una salida genial, como cuando no planeas nada y todo te sale bordado, cómo cuando sospechas que se avecinan cambios y te aferras al presente, como no podía ser de otra manera.
Todos éramos sanitarios y aquel día fue el último en el que todos estuvimos juntos.
Andrea fue la primera que desapareció. La pilló a pie de cañón y lo hizo con las botas de enfermera puestas y unos rudimentarios equipos de protección individual. El bicho la cogió desprevenida.
Juan padece secuelas persistentes que le merman diariamente su calidad de vida. Se está atemperando como puede a su nueva normalidad.
Ana y Esther actualmente están trabajando en el seguimiento de mutaciones y variantes del virus e investigando nuevas vacunas para obtener inmunidad de rebaño.
Los demás, seguimos en las trincheras. Trabajando en cuerpo y alma.
Desgraciadamente hemos visto morir a mucha gente, pero con el esfuerzo de todos, seguimos manteniendo intacta la esperanza de que todo esto se acabará pronto.
Inma Aparici Sancho
Atribución - No Comercial - No derivadas (CC BY-NC-ND 4.0)
Fuente imagen: Bitmoji
dissabte, 18 de desembre del 2021
Narrando utilizando técnicas de asertividad
divendres, 3 de desembre del 2021
PROCESO DE ORIENTACIÓN PROFESIONAL EN VISUAL THINKING
PROCESO ORIENTACIÓN CON LA TÉCNICA 6X6 DE DAN ROAM
1. ¿Qué es?
El proceso de orientación profesional es un proceso dinámico y cíclico. Es un proceso de revisión constante, y siempre acompañado de formación y continuo aprendizaje.
2. ¿Cuánto?
El objetivo del proceso de orientación debe ser el conseguir trabajar, de manera satisfactoria, en aquello que nos guste.
3. ¿Dónde?
Para ello, necesitamos autoevaluarnos a la vez que necesitamos evaluar el sector profesional en el que queramos trabajar con el fin de comprobar que encajamos en él.
4. ¿Cuándo?
De forma contínua hasta el final de nuestra vida laboral.
5. ¿Cómo?
Utilizando el DAFO y el CAME.
6. ¿Para qué?
Para conseguir un trabajo en el que nos sintamos autorrealizados y con el que podamos desarrollar nuestra máxima madurez psicológica y laboral.
RELATANDO EL MAPA VISUAL DEL PROCESO DE ORIENTACIÓN PROFESIONAL
Imagen de fuente propia.
CC-BY-NC-SA
dilluns, 8 de novembre del 2021
Innovación Empresarial en Visual Thinking
dimecres, 13 d’octubre del 2021
Fomentando la 'interpretación' del pensamiento visual
Adjunto una pequeña lista de reproducción con cinco actividades sencillas para fomentar en el aula 'la interpretación' del pensamiento visual.
https://www.youtube.com/watch?v=Nr66qQeW7lc&list=PLeCPbVf0PNzeL6gHDouizrmrg1n4PlvWX
dimecres, 30 de juny del 2021
Relatando con el registro propio de nuestra Familia Profesional
Una actividad creativa con relatos, es escoger una temática de nuestro currículum y redactar con el registro propio de nuestra Familia Profesional. Así, si a cualquier grupo de la Familia Profesional de 'Textil, Confección y Piel' les pidiéramos que relataran sobre resolución de conflictos, seguro que utilizarían vocablos como; 'repasarse todas las orillas, repuntarlo todo bien o no dejarse nada embastado'.
Si relatáramos sobre la 'muerte' en un Ciclo Formativo de Peluquería, l@s chic@s podrían escribir, entre otras muchas posibilidades, alguna cosita como la que reproduzco a continuación:
… 'el que se ha ido (del contexto anterior se desprende que se ha ido porque se ha muerto), no es que no se podrá cepillar ya más el pelo, lo peor será que se le acabaría la posibilidad de ver qué cabellera hubiera lucido en su vida. Que igual se le hubiera podido hacer larga y canosa y morirse de viejo o vieja, o haberla lucido con cepillados atrevidos haciendo en el mundo lo que selectivamente hubiera querido' (De la narración 'Una Mirada al Pasado').
¡La propuesta está servida! ¡Los límites nos los ponemos nosotros! Por de pronto se me ocurre, entre otras muchas más, utilizar este registro de nuestra Família Profesional para presentarnos de una forma original en el mismo proceso de búsqueda de trabajo o, ¿por qué no?, aprovechar esta forma de relatar desde la mismísima apertura de nuestro proyecto empresarial.
Fuente imagen: ' todofp.es'
Atribución - No Comercial - Compartir Igual (CC - By - NC - SA)
dissabte, 8 de maig del 2021
Nuestro ebook 'Desorden Laboral' (Colección de relatos cortos)
Con nuestro ebook 'Desorden Laboral', podemos trabajar algunas situaciones concretas de esta temática, ya que el mismo, consta de una recopilación de siete relatos cortos, y a cada relato, le siguen sus correspondientes actividades. En esta Colección trabajamos; la discriminación de la mujer, la procrastinación, las redes sociales, el contenido de nuestro currículum de FOL, el mobbing, el techo de cristal y la huelga.
Adjunto enlace para su descarga:
https://drive.google.com/file/d/1iLRlevneL_Dky-PRLI2UmpgXfLWpEvAK/view?usp=sharing
dimecres, 28 d’abril del 2021
Consultorio Laboral
Siempre que llegamos al tema de 'Modificación, Suspensión y Extinción del Contrato de Trabajo' me viene a la mente la gran labor que realizan las Asesorías Laborales, y este año me ha venido como un flash, 'El Consultorio de Elena Francis'. Consultorio radiofónico que se retransmetia cuando yo era chiquilla.
'El Consultorio de Elena Francis fue un programa de radio emitido en España entre los años 1947 y 1984. El espacio dirigido al público femenino, se estructuraba en torno a la correspondencia que dirigían las radioyentes a una supuesta experta, Dª Elena Francis, que contestaba a las dudas, consultas y confidencias planteadas. Las cuestiones planteadas iban desde los temas estrictamente domésticos, como cocina o jardinería hasta salud, belleza y problemas sentimentales o incluso psicológicos.
Se recuerda especialmente la sintonía del programa, Indian Summer, de Victor Herbert.
El espacio surgió en la década de los años cuarenta, un momento de renovación en los contenidos de los programas de radio en España. La idea del consultorio la inspiró Francisca Bes, perteneciente a una familia con intereses en el negocio cosmético. Comenzó sus emisiones en 1947 a través de Radio Barcelona, desde donde emitió hasta 1966. Posteriormente se radiaría por Radio Peninsular y por Radio Intercontinental.
Debido al descenso en los índices de audiencia, el programa dejó de emitirse a partir del 31 de enero de 1984.
Desde los inicios del programa las respuestas a las consultas (unas siete en cada emisión diaria) fueron redactadas por un equipo de guionistas, quedando esa labor asignada en exclusiva al periodista Juan Soto Viñolo desde 1966.
En cuanto a las locutoras que prestaron su voz a Elena Francis, la primera fue María Garriga, sustituida luego por Rosario Caballé. Sin embargo la más popular y longeva en el personaje fue Maruja Fernández.' (Fuente: https://youtu.be/9PfUbrztjk0 ).
Sin duda, resulta interesante contrastar cómo se trabajaba en aquella época y cómo se trabaja en la actualidad y, ahora, salvando las distancias y centrándonos en su estructura, nos parece una píldora educativa ideal para narrar en clave laboral.
Y al siguiente link podemos escuchar el último programa emitido:
Un trabajo actual para contrastar, lo podemos ver al siguiente link, donde 'Antonio Recio nos enseña los secretos de 'La que se avecina':
(CC-By-NC-SA)
Imagen de cabecera de Maruja Fernández
dijous, 11 de març del 2021
RELATO CORTO 'EL PACTO SECRETO' - PARA LEER EN VOZ ALTA
https://www.youtube.com/watch?v=W8_zqYiKYPc
Este relato lo escribimos porque nos lo pidieron para que formara parte de un libro de relatos de distintas autoras. Al final, la pandemia ha paralizado definitivamente dicha publicación, así que, hemos decidido compartirlo con vosotr@s por si queréis utilizarlo en el aula.
A continuación transcribimos el texto completo.
EL PACTO SECRETO
La
muchacha entró en la vieja casa de su abuela, y desde el primer instante, se
sintió como en la suya. Le llamó la atención una fotografía que estaba encima
de la chimenea, y la cogió para verla mejor. La imagen era de una elegante joven
de cálida mirada. La volteó de un revuelo, y viendo que su reverso escondía un
escrito fechado de 1890, y un último dígito que no se distinguía muy bien, en
voz alta lo empezó a leer…
“A quién me esté leyendo le diré, que
el día de la fotografía fue un lunes muy especial. Por la mañana había quedado
con Carmela para ir al mercado, pero me busqué un pretexto para no salir con
ella y a primera hora me presenté en su casa excusándome. Para nada me apetecía
perder el tiempo viendo escaparates o hablando de inconexas trivialidades.
Hasta
ese mismo lunes había tenido la misma costumbre de salir con Carmela para estar
bien relacionada en sociedad y contarnos chismes de nuestros conocidos de alta
alcurnia. Pero ya no volví tontamente a ninguna de esas tiendas, y solo
nuevamente las frecuenté cuando realmente necesitaba comprar.
Para
mí, el tiempo siempre había sido un bien muy preciado. Hacía meses que había
iniciado mi vida con Tomás y de repente fue como si los días hubieran reducido
su duración y me faltaran horas para hacer lo que realmente me gustaba.
Tengo
que admitir que me costó adaptarme al matrimonio, pero tuve el mejor compañero
de vida que podía tener. Tomás me entendía a la perfección, y antes de casarnos,
selló conmigo ‘El Pacto’ en secreto.
Teresa
entraba a las diez horas de la mañana, y al marcharse, dejaba siempre la comida
hecha. Ya el primer día le dijimos que ‘La
Señora’, o sea ¡Yo!, no estaría ninguna mañana por la casa. Y Teresa no
preguntó más.
Me
había pasado meses observando cómo se comportaban los caballeros. Me fijaba en
sus corteses ademanes. Prestaba atención a sus gestos, andares y tonos vocales
e intenté memorizar muchos trozos de sus conversaciones, con el único afán de
guardarlos cuidadosamente para en el futuro utilizarlos en situaciones
comprometidas.
¡Y ese
día fue el día esperado! A las nueve horas de la mañana Tomás había dejado una caja
y distintas prendas de ropa de muchacho en nuestra habitación, así que inmediatamente
me puse esos pantalones, camisa y zapatos, me miré al espejo y gesticulé, tal y
como había observado a los hombres y mi marido me había enseñado.
Me
acababa de cortar el pelo para parecer un chico. Seguramente mi aspecto podría
horrorizar a la Carmela, o quizás asustar a la Teresa pensando que era un
ladrón pertrechando fechorías en casa ajena, y en contra de lo que pudiera
parecer predecible, me sentí más fuerte que nunca y sonreí.
Abrí
la caja para revisar lo que iba a ser mi postizo cabello largo en el futuro. Me
pareció fascinante poderlo utilizar al mediodía al volver a casa, para
convertirme nuevamente en ‘La Señora’.
Así que, metí la caja en el escondite del armario para que Teresa no lo viera, y
tras ponerme la gorra, salí a la calle recordando anécdotas de mi infancia.
Con
mi familia fui una obstinada rebelde. Ellos siempre me negaron todo aquello que
les consintieron a mis dos hermanos y nunca comprendí el porqué de aquella
discriminación. El repetitivo argumento que me decían era que debía comportarme
como Carmela y no tener tantos pájaros en mi loca cabeza. Pájaros en la cabeza ¡Qué
tontería! En realidad, todo lo que rondaba en mi cabeza no era otra cosa que un
montón de sueños junto a muchas ganas de salir de la opresora oscuridad que me
impedía conseguirlos, y a ellos destiné con ganas todas mis fuerzas.
En
segundos me vi caminando sola por la calle y todo me empezó a parecer distinto.
Al principio estaba tan concentrada en actuar correctamente, que tardé un poco más
de lo habitual en darme cuenta de que, con mi nuevo yo, era más imperceptible
que nunca. La gente se cruzaba conmigo, pero extrañamente, no coincidían
nuestras miradas. Ni ellos conmigo, ni evidentemente yo con ellos, y como un
verdadero chiquillo con revoleteadas mariposas estomacales, aligeré el paso.
Caminando
al trote llegué a mi destino. Me paré delante de aquel majestuoso edificio que
tantas veces había visualizado en mis sueños, abrí su puerta y sin vacilar
entré.
Se
oían voces.
Rápidamente
subí las escaleras, entré por la primera puerta de la derecha y me senté en
silencio. Como uno más, saqué mi lápiz y mi doblada hoja del bolsillo y, desde
aquel día, todo el tiempo que seguí yendo a la Universidad, me creí ser
Esteban.
Por
la tarde salí a pasear con Tomás. Nuestro ‘Pacto Secreto’ se había forjado con
mucho amor, y teníamos claro, que para poder terminar mis estudios debía seguir
totalmente camuflada entre los chicos.
Tomás
y yo nos juramos vivir en plano de igualdad en todo lo que pudiéramos. Él
conocía perfectamente cuál era mi lucha y en todo momento estuvo conmigo
ayudándome en mis proyectos, y autorizándome en todo lo que fuera menester. Él
sabía que para iniciar mi empresa debería formarme en cuerpo y alma."
AUTORA: Inma Aparici Sancho - @InmaAparici - Creative Commons attribution- Non Comercial-No Derivatives 4.0 - Imagen pixabay
dilluns, 25 de gener del 2021
Frases positivas y visualthinking
Comparto enlace a vídeo de frases positivas (de anónimos y distintos autores), a fin de aportar un pellizco de positividad en estos tiempos pandémicos tan duros que estamos viviendo. Este vídeo está acompañado con el correspondiente pensamiento visual.
dimecres, 18 de novembre del 2020
'UNA MIRADA AL PASSAT' en valencià.
Per si vos abelleix escoltar experiències quotidianes de la primera meitat del segle XX, enllace corresponent llista de reproducció en valencià de la nostra narració 'UNA MIRADA AL PASSAT' escrit, narrat i dibuixat per Inma Aparici.
Fent malifetes a un gos rateret
El Tribunal d'Aigües de València
'Contant i acolorint el Món Laboral'
Imatges de font pròpia.





























